Perdonar es un tema polémico. Para algunos es asunto divino y para otros de olvido. Perdonar es una virtud que se aprende. Cuesta perdonar, incluso a quienes amamos de verdad. Si es así, más difícil debe ser perdonar a desconocidos o a quienes han ocasionado daño con verdadera mala intención. Sin embargo, muchas veces es difícil separar a estos dos grupos de personas.
¿Podrías perdonar a alguien que te robó 27 años de tu vida injustamente? Yo no sé si podría. Yo no sé si podría ser la misma después de un robo tan grande y tan irreversible. Las pérdidas irreversibles, por naturaleza, son dolorosas y representan marcas imborrables en la existencia de quien las padece. Si perder a un ser querido es una experiencia absolutamente triste, perder parte de la propia vida genera impotencia y un malestar que no es revocable.
La libertad es uno de los mayores tesoros de la vida. En Venezuela vivimos en una constante lucha por obtenerla y ampliarla ante un escenario que la restringe progresivamente. Quizás por esto es que la historia del señor Nelson Mandela nos parece tan impactante: un hombre encarcelado por más de 20 años que llega a ser presidente de la nación en la que viven quienes lo privaron de su libertad y él se plantea la unión de ese país y el bienestar de todos los ciudadanos. Si hay algo que quisiera pedir a Dios, a la vida, a quien sea, es lograr ese nivel de integración como persona. Y es que parece que para el señor Mandela esos años de cárcel no fueron una pérdida sino una ganancia en sabiduría, en reflexión y en fortaleza humana, algo que no parece conseguirse por sí mismo cuando se le priva de libertad, sino porque antes de ese encarcelamiento ya era una gran persona.
La imposibilidad de perdonar es como decirle al otro que no aceptas su error, porque tú no serías capaz de cometerlo. Esto exige que seas un ser humano ilustre, pues nadie puede garantizar que no cometerá ciertos errores en algún momento. Quien no perdona asume un gran compromiso, pero aún más grande es el compromiso de quien sí perdona, pues con ello demuestra que su humanidad es un don en sí mismo y el perdón es sólo una expresión de la bondad que posee.
El perdón otorga control a quien lo practica, por eso el innegable invictus, el señor Mandela, puede decir que es el capitán de su alma. Creo que la historia de este gran hombre hace evidente que aunque es más fácil oponerse que ajustarse, cuando se logra la adaptación se crece como persona, se gana la inspiración y se convierte en ejemplo de miles.
Ante la necesidad de elegir líderes tendríamos que entender que los verdaderos guías no son los más agradables y ello entra en conflicto con la tradicional manera de seleccionarlos: ganando elecciones. Dirigir un país exige características que no necesariamente poseen los que ganan elecciones populares. Los líderes dejan de serlo cuando se doblegan ante la mayoría por complacer, pues generalmente esto implica oponerse a la autoridad y es que a nadie le gusta ser subordinado, ni recibir órdenes. La historia de un país se repite en cada rincón de nuestras interacciones y en nuestras experiencias personales.
El perdón y la reconciliación se asocian y se enriquecen. Él que reúne las dos características es el ganador de su vida y el invicto de su alma.

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